Café Científico: "Por qué el desarrollo económico no está solucionando los problemas humanos"

Compartir en redes sociales

Versión para impresiónEnviar a un amigo

Este jueves 23 de julio a las 19:00 hrs. en el Restaurant del Hotel Manquehue ubicado en Seminario 252, Puerto Montt, se realizó un nuevo Café Científico en torno al destacado científico Dr. Fernando Santibáñez Quezada para compartir un tema en que podrán conocer de cerca y reflexionar con informaciones actualizadas en torno a el impacto humano en el medioambiente.

Las naciones atraviesan por tres estados en su camino al desarrollo. En el primero, se trata de privilegiar la generación de bienes primarios esenciales para elevar el ingreso de la población. En el segundo, se busca agregar valor a los productos y servicios que generan sus economías y en el tercero, la preocupación se centra en la generación de bienes e intangibles que posibilitan directamente el desarrollo y bienestar de las personas. Los énfasis en las políticas públicas pasan por estos mismos tres estadios, las de fomento productivo, las de innovación y las de aseguramiento del desarrollo humano. Chile se está adentrando de lleno en la tercera fase en las últimas dos décadas, lo que requiere de una verdadera conciencia de la necesidad de central el desarrollo en la persona, mirando a la economía como un medio y no un fin, a la naturaleza como el verdadero sustento de la humanidad y no como un insumo, a las necesidades espirituales del ser humano como un paradigma ético ineludible y no como un accesorio del desarrollo.
La inteligencia humana, potente motor de creación, es a la vez una virtud y una peligrosa arma. Con ella el ser humano ha creado lo que ninguna especie pudo nunca, ha transformado su entorno, ha dominado a la naturaleza, ha subyugado al mundo viviente, con ella el ser humano está destruyendo su propio nido, olvidando que todo lo que existe en la naturaleza tiene una razón, un rol, una misión, cuya falta podría acabar con la propia existencia humana.

El problema
La excesiva huella humana
Pocas dudas quedan que el clima mundial ha cambiado y seguirá cambiando cada vez más aceleradamente dentro de este siglo. La presencia humana se está haciendo sentir con fuerza en los océanos, en los continentes, en la atmosfera. Al parecer el tamaño que ha alcanzado la población humana, unos 7000 millones de personas, consumiendo diariamente 90 millones de barriles de petróleo, 11.5 Km3 de agua dulce, 4.1 millones de toneladas de acero, 6.8 millones de m3 de madera, 18 millones de toneladas de carbón, 726 mil toneladas de plástico, es más que suficiente para llevar al planeta a una situación crítica. Los océanos se han ido llenando de basura, las aguas continentales agotando y degradando en su calidad, y la atmosfera absorbiendo las casi 1000 toneladas por segundo de gases de efecto invernadero, lo que está provocando un calentamiento en torno de los 0.2°C cada 10 años. Junto con esto, los bosques del mundo, que son los grandes reguladores del clima, se siguen extinguiendo en las regiones tropicales, bajo la sierra y el fuego, a razón de 24 ha por minuto. Frente a toda esta febril actividad humana, el planeta nos está enviando señales inequívocas de estrés. La capacidad de neutralizar las externalidades negativas de este enorme consumo de recursos naturales pareciera haber sobrepasado el límite del planeta para neutralizar los efectos de las grandes cantidades de desechos, líquidos, sólidos y gaseosos que van al ambiente. Recientemente la NOAA (Administración Nacional de los Océanos y la Atmósfera de USA) informó que por primera vez, desde que hay registros, la atmosfera había sobrepasado las 400 partes por millón de contenido de CO2 en su observatorio Mauna Loa de Hawái. Según las leyes de la física, es imposible que una intervención de esta magnitud no tenga efectos en el comportamiento de la atmosfera, por lo que los cambios que sufrirá el escenario climático mundial serán uno de los grandes desafíos que enfrentará la humanidad en este siglo. Los cambios permanentes que podría sufrir el clima de las diferentes regiones del mundo, exigirán importantes acciones de adaptación para reducir los riesgos naturales, mantener la capacidad de producir alimentos, evitar la degradación de los ecosistemas, las extinciones de importantes especies, el agotamiento del agua dulce, la degradación de los suelos y un potencial desequilibrio biológico que afectaría a los ecosistemas naturales, agrícolas y a la salud humana.
La amenaza del cambio climático
La Tierra ha conocido periodos igualmente cálidos en el pasado. En la época de los dinosaurios el planeta exhibía una temperatura media superior a los 20°C. Consecuentemente, el clima era extraordinariamente inestable y agresivo, con grandes tormentas, viento y sequías. Si para los dinosaurios esto no representaba grandes amenazas, para una humanidad que pasará de 7000 a cerca de 9000 millones de habitantes en este siglo, con grandes ciudades, infraestructura, comunicaciones, extensas zonas agrícolas, esto podría ser francamente un contexto difícil de enfrentar, con elevados costos para el desarrollo humano, de los ecosistemas y de las economías.
El alza de la temperatura y aumento de la sequias en extensos territorios, forzarán a los sistemas biológicos del planeta a una adaptación que podría tener alto costo para la vida. Las especies que no lo consigan, desaparecerán, como ha ocurrido a través de la historia del planeta. Aquellas que lo consigan, lo harán desarrollando estrategias de adaptación que podrían reconfigurar los ecosistemas actuales. Solo pensar en esto ya es algo complejo por cuanto surgen preguntas como: ¿En qué medida el desierto de Atacama podría incorporar nuevas tierras hacia el sur?, ¿Cuánto podrían verse amenazados nuestros ecosistemas? ¿Cuáles podrían ser los problemas a que se enfrentará la producción de alimentos en distintas zonas del país? ¿Cuánto se verán afectados nuestros recursos hídricos?, ¿Cuáles son los extremos climáticos a los que nos enfrentaremos? Cada país tiene la tarea de proyectar la forma como este calentamiento podría afectar a sus actividades económicas y a la calidad de vida de sus habitantes, para luego diseñar las estrategias que le permitan resguardar la calidad de vida de sus habitantes.
En los pasados 100 años, la temperatura promedio aumentó 0,8° C, mientras que la cobertura de nieve disminuyó considerablemente a nivel global (-3 millones de km2). Por ende, también lo hizo el volumen total de agua dulce disponible. Se atribuye gran incidencia en estos cambios, a variaciones en la química atmosférica, que provocan el efecto invernadero, así como a eventos naturales cíclicos como los fenómenos del “niño y la niña”, que afectan cada vez con mayor intensidad el Pacífico sur alterando la pluviometría continental. Todo esto debido en parte al sostenido incremento de las diferencias de temperatura entre la tierra y el mar.
Algunos modelos predictivos señalan que de continuar la actual tendencia, en los próximos 100 años se anticipan cambios en la temperatura superficial de la atmósfera de 1,4 a 5,8°C.
Esto se atribuye a variaciones drásticas en los patrones de precipitaciones incluyendo la intensificación de los eventos climáticos extremos (fuertes precipitaciones, inundaciones, olas de calor y sequías, entre otros); además de aumentos en el nivel del mar entre 8 y 88 cms. La desertificación es una causa a la vez que una consecuencia de la pobreza (FAO, 2005). Al ser un problema mundial, tiene graves consecuencias ecológicas que genera importantes pérdidas de ingresos mundiales estimados en 42.000 millones de dólares anuales, así como conflictos sociales tales como el aumento de la pobreza y la migración sostenida hacia las ciudades.
El avance del desierto
El desierto avanza en Chile entre 400 metros y un kilómetro por año. Si antes las sequías eran un fenómeno que ocurría una vez cada diez años, hoy las tenemos cada dos. Anualmente en el mundo se pierden entre 20.000 y 50.000 kilómetros cuadrados de tierras cultivables, especialmente debido a la erosión del suelo. Para el año 2025, en ciertas áreas se perderán hasta las dos terceras partes de las tierras cultivables. Para 2030 solamente la escasez de agua en algunos lugares áridos y semiáridos puede desplazar hasta 700 millones de personas. Por otra parte, en los próximos 20 años las demandas básicas aumentarán de forma significativa, se necesitará un 50% más de alimentos, un 40% más de energía y un 35% más de agua. No cabe duda que la desertificación y la sequía son un problema para la satisfacción de las necesidades de la humanidad.
A nivel mundial, existe una creciente percepción del rol estratégico que juega el patrimonio natural como una riqueza básica para el desarrollo de los países, así como para la calidad de vida de sus habitantes. El desarrollo humano es la fase terminal de cualquiera iniciativa de desarrollo económico. Sin este horizonte los países pueden cometer grandes errores en la orientación de sus políticas de fomento, las que podrían carecer de su más vital elemento, cual es la de proporcionar mayor y mejor acceso a los bienes tangibles e intangibles que las sociedades van demandando en la medida que escalan en su progresión al desarrollo. La sustentabilidad del desarrollo es mucho mas la minimización o supresión de los impactos negativos de las actividades humanas, es crear bienes intangibles o valores que proporcionan seguridad, bienestar y sensación de pertenencia a las personas. El aseguramiento de un ambiente sano, equilibrado y carente de amenazas genera una actitud más innovadora y proactiva en las personas. Por esto es que invertir en sustentabilidad es invertir en capital humano. La omisión de este principio no solo crea pasivos ambientales, sino también pasivos sociales que son el inicio de una larga cadena de dificultades que encuentra la gobernabilidad de los países. Las sociedades más desarrolladas del planeta así lo han entendido, realizando grandes esfuerzos en educación, en prevención de la degradación ambiental, en creación de valores patrimoniales accesibles a la población, en la valorización del patrimonio natural y cultural.
El problema surge cuando el desarrollo toma únicamente una dirección productivista, no haciéndose cargo de los pasivos ambientales y sociales que deja tras de sí el aumento de la actividad industrial, minera o agropecuaria. Este esquema es muy claro a nivel mundial, donde menos del 20% de la población que habita en los países desarrollados, consume cerca del 80% de los recursos del plantea y emite el 75% de los gases de efecto invernadero. No obstante esta dispar capacidad de consumo, los efectos de los cambios globales están agobiando con más fuerza a los países menos desarrollados, quienes finalmente, no tendrán ni los recursos ni la tecnología para adaptarse a un contexto climático más inestable y riesgoso. A nivel de cada país, este esquema tiende a repetirse. Un % pequeño de la población recibe la mayor parte de los beneficios del crecimiento económico mientras una
gran masa solo lo hace marginalmente, creando desencanto e inquietud. Esta dualidad que implica el desarrollo del mundo, parece insostenible después de más de 25 años de existencia del informe “Nuestro futuro común” conocido como informe Brundtland, en el que Naciones Unidas reconoce que todos los habitantes de La Tierra vamos en el mismo viaje hacia un mismo futuro.
El crecimiento económico desenfrenado del mundo está agotando de forma irreversible los recursos vivos, el agua, el clima del planeta. Las proyecciones señalan que durante este siglo perderemos entre 15 y 25 % de las especies conocidas, la mayor parte, originarias de los países del sur. Las reservas de agua dulce se agotan a una velocidad preocupante, especialmente las reservas subterráneas que han sido diezmadas en muchas zonas debido a la sobre extracción. La temperatura global ha subido cerca de un grado, lo que ya ha comenzado a afectar la conducta de los eventos climático extremos, particularmente en regiones intertropicales. El mayor motor de todo esto es el elevado consumo de recursos en los países desarrollados, lo que crea una alta demanda por commodities, que los países del sur se esmeran en satisfacer, bajo el agobio de sus balanzas comerciales.
¿Desarrollo económico o desarrollo humano?
Todo esto no hace sino tensionar los desequilibrios internos a que están sometidas las sociedades de los países en la actualidad. Estos desequilibrios siempre han existido, pero en la actualidad estamos experimentando un cambio de paradigma del desarrollo. Se mira al crecimiento de las economías como un medio, no como un fin. El fin último de la dinámica económica de los países es el aseguramiento de la calidad de vida de las personas, la cual no es de forma alguna sinónimo de crecimiento económico, así lo reconoció el PNUD en los años 90 cuando se inauguró el concepto de “desarrollo humano”. Este concepto deja atrás el concepto de desarrollo como mero crecimiento del PIB, agregando el concepto de cómo se distribuyen los frutos del crecimiento. Cuál es el problema: no estamos sabiendo enfrentar la crisis ambiental y social que la lentitud de los sistemas políticos están teniendo en cambiar de la noción de desarrollo centrado en el crecimiento al paradigma del desarrollo centrado en toda la gama de necesidades humanas.
Soluciones
Hasta hoy no son claras. Liberalismo, Socialismo y Conservatismo coinciden en que el crecimiento es pilar para el desarrollo de las sociedades. Todas estas corrientes dan preeminencia a la tecnología como instrumento de dominio de la naturaleza. Difieren en los mecanismos y tiempos en que debe ocurrir el acceso a los beneficios del ”éxito” del hombre sobre la naturaleza. Ninguna ha colocado a la protección de la naturaleza de la cual vive el ser humano como una preocupación central. Todas suponen que las externalidades negativas del uso y sobreuso de los recursos son un accidente que de alguna forma se abordará y posiblemente se solucionará, pero esto no es un eje que ocupe muchas páginas en las estrategias de desarrollo socio-económico que propician.
En la medida que el mundo se ha ido tornando cada vez más entrópico y la depredación de la naturaleza ha roto cuanto equilibrio existe en la biosfera, las señales planetarias pareciera tomárseles más en serio, no por una razón ética, sino porque se percibe que podrían transformarse en serias limitaciones al desarrollo y al crecimiento. Así, la humanidad ha ido adentrándose en una transformación total de la biosfera que la cobija, al punto que los costos que los desequilibrios climáticos, ecosistémicos o del ciclo hidrológico están teniendo para la producción industrial, minera, transporte, salud y seguridad de las personas, se han transformado en una amenaza para el crecimiento económico. Es decir, la insustentabilidad del modo en que vivimos en el planeta se ha hecho evidente e ineludible.
A pesar de las evidencias de que la biosfera se encamina hacia una situación que podría transformarse en caótica, la naturaleza humana se alza como una dificultad para retomar el camino correcto. Siendo el ser humano un ser racional, dotado de razón, la mayor parte de sus actos son irracionales. Si todos nuestros actos fuesen racionales, no habría partidos políticos, no habría naciones, no estaríamos en conflicto con nuestro propio planeta ni con el resto de las especies vivientes, no habría pobreza ni riqueza, no habría crimen y, lo que es peor, no habría amor. Qué bueno que no seamos completamente racionales. Lo malo surge cuando actuamos irracionalmente frente a situaciones que requieren de la razón y cuando actuamos racionalmente frente a situaciones que no responden a postulados racionales, siendo más propias de lo intangible, lo moral y lo ético. Necesitamos seres humanos capaces de administrar equilibradamente su ser racional y su ser emocional, valórico.
Las decisiones políticas son buenas cuando contienen la justa dosis de racionalidad y emocionalidad valórica. Es precisamente por esto que la economía no puede solucionarlo todo!! En la economía solo es válido lo que cumple con las reglas de las relaciones numéricas cuyo fin último es asignar recursos adonde sea más “eficiente” hacerlo, no hay espacio para “mal gastar recursos” con consideraciones intangibles cuya “rentabilidad” es indemostrable.
Si la vida humana solo fuese regida por el TIR, VAN, Valor presente, las tasas internas de retorno o el payback, entonces la economía seria el manual del buen vivir. No siendo así, la economía pasa a ser solo una herramienta orientadora que pone “racionalidad” en los actos de los Estados y de las personas. Pero un desarrollo con orientación humana necesita crear otros valores intangibles que, costando dinero, sus resultados no son evaluables en términos monetarios. Nuestras vidas y nuestras decisiones están plagadas de valores no monetarios.
Esto mueve a los Estados a invertir en cultura, deporte, recreación, salud, medio ambiente y educación. No obstante esto, las partidas dedicadas a estos rubros siempre resultan minoritarias con respecto a aquellos rubros donde el payback puede ser calculado con facilidad en una planilla Excel.
La tendencia actual para reducir el tamaño del Estado, traspasando la responsabilidad del desarrollo al sector privado, dejándolo como un simple facilitador se funda en la falacia de que el crecimiento económico es todo lo que la sociedad necesita. Es obvio que los recursos de producción administrados con criterio privado deben orientarse a maximizar utilidades y reproducir el capital a la mayor tasa posible. Es ineficiente en esta lógica pensar en distraer recursos en atender problemáticas sociales cuyo rédito no aporta a los objetivos anteriores. Un gerente que haga esto estaría desnaturalizando su función como administrador eficiente del negocio. Esto no está bien ni mal, simplemente así tiene que ser. Es por eso que las naciones requieren de una entidad que, facilitando el desarrollo productivo de un país, disponga de las capacidades para garantizar la presencia de lo “intangible” que alimenta al espíritu de las personas. Es simplista pensar que solo con crecimiento económico que garantice un trabajo y buen ingreso, tendremos a una sociedad de hombres y mujeres felices. Partir de este postulado es reducir a la sociedad a una sociedad de robots, programados para trabajar, producir, ganar y gastar. Esta visión se ha tratado de imponer varias veces en la historia con rotundos fracasos. Ni siquiera se logran los objetivos de eficiencia económica por cuanto no existen los seres humanos infelices y eficientes a la vez. Surgen rápidamente las tensiones internas que desestabilizan el sistema.
El rol del Estado en la vida de la Nación
¿Cuál es entonces el rol estratégico del Estado?, crear unas condiciones para facilitar y articular el bienestar de las personas, garantizándoles el cumplimiento de sus metas, manteniendo las estructuras y canales que hagan sentir a todos los seres humanos que tiene la oportunidad y la libertad para orientar su vida hacia sus objetivos personales. Esto no se logra simplemente con un trabajo y un salario, lo cual sin duda es necesario, pero insuficiente, se requiere una organización de la sociedad que dé garantías de que las personas podrán ejercer su libertad, que serán protegidas frente a los imprevistos, que se hará valer la justicia cuando ella sea necesaria, que le permitirá participar en las decisiones que le afecten, que velará por su inclusión en el progreso general de la nación, que le dé seguridad a su núcleo familiar. Con esto, el Estado estará garantizando la existencia de una sociedad de hombres y mujeres plenos, con cohesión social y dispuesta a entregar sus capacidades para el progreso de la sociedad toda. No puede haber nadie más interesado en esto que los propios poseedores de los recursos productivos puesto que el capital solo puede reproducirse en una sociedad estable, cohesionada y compuesta por humanos felices y suficientemente recompensados por su esfuerzo. En lo que aún la sociedad mundial no logra ponerse de acuerdo es en cuanto esfuerzo hay que poner en el simple fomento productivo y la protección de los valores sociales. En la historia humana el péndulo se ha ido de un extremo a otro. Así, han habido corrientes que piensan que lo primero es lo importante, entonces debemos reducir los Estados a una mínima expresión y ejerciendo funciones básicas. Ha habido regímenes que han exacerbado lo segundo, descuidando la viabilidad de las cadenas productivas que sostienen el andamiaje social. Como ninguna de las dos cosas ocurren por si solas, una sociedad inteligente es la que equilibra la preocupación por lo productivo y lo social, con un Estado empoderado para cumplir su rol. No se trata de aspectos competitivos, sino absolutamente complementarios y necesarios. Cualquier desequilibrio en estas dos dimensiones solo puede ser mantenido como se mantiene todo desequilibro, con una fuerza externa al sistema que sostiene el peso a un solo lado de la balanza. Una buena parte de los países del orbe han pasado por costosas experiencias totalitarias que mantienen a la sociedad en un estado permanente de desequilibrio.
Todo hace pensar que cada vez hay menos disposición y tolerancia para mantener sociedades en estado de desequilibrio, como fue la norma en el pasado de la humanidad. Una sociedad en estado de desequilibrio se estanca y consume tratando de resolver sus propias tensiones internas.
Si vemos las tareas del Estado para cumplir con su rol, se requieren de vastas capacidades para velar por oportunidades justas de acceso a la educación, a la salud, a un medio ambiente sano y funcional, la justicia, el respeto a los derechos humanos, la infraestructura, la armonía en la ocupación territorial, la gobernanza, la articulación social, la defensa, la seguridad, la ciencia y tecnología, el patrimonio natural y tecnológico. Estas funciones deben ser ejercidas de forma proactiva, adelantándose a situaciones críticas, con la inteligencia necesaria para llevar a la sociedad entera por la senda de un progreso constante y seguro. La idea de un Estado subsidiario que observa el “progreso” desde lejos y ayuda de vez en cuando, no parece ser válida en los tiempos que corren.
Los países que no dispongan de una gobernanza empoderada que vaya adelante alumbrado el camino, no sabrán enfrentar sin conflicto el proceso de adaptación a los nuevos escenarios climáticos, no protegerán debidamente sus recursos vivos, la escasez de agua, de tierras, la degradación del patrimonio natural, no podrán garantizar un desarrollo territorialmente inteligente, la reducción de la inequidad y la pobreza, la apertura a la participación social y recuperar la senda de la sustentabilidad. Estas son algunas de las tareas de futuro de las naciones y del mundo en su conjunto.
El rol de la ciencia
Permítanme plantearles la hipótesis de que en la actualidad las sociedades han descansado demasiado en la idea que el crecimiento económico solucionará todos los problemas y traerá desarrollo. Esta falaz forma de pensar no nos ha permitido ver que ya no es posible seguir creciendo sin pensar en la sustentabilidad real del crecimiento. Baste pensar en lo que se transformaría nuestra relación con nuestro patrimonio natural si crecemos a una tasa de solo 3% en los próximos 50 años. Entonces habríamos multiplicado por casi 4 el tamaño de nuestra economía. Alguien imagina de donde sacaremos 4 veces más energía, agua, espacio para la agricultura, peces del mar, minerales, espacio para la disposición de desechos, aire limpio en las ciudades. Por mucho que los procesos se hagan más eficientes, difícilmente este coeficiente bajará de 3. La economía nos invita a crecer, pero no ayuda a decir sobre la base de que sustentación. No puedo imaginar las cifras de consumo a que llegaría China o la India creciendo a tasas de solo 3% anual en los próximos 50 años, no parece haber planeta para tanto, entonces estamos frente a una ecuación cuya solución es incierta y que probablemente en pocos años nos lleve a radicales replanteamientos en el modo en que entendemos el desarrollo. Las generaciones que vienen van a necesitar comprender mucho más que nosotros a las leyes que rigen los equilibrios naturales, las tecnologías que nos permitan reducir las perturbaciones humanas en la biosfera, las formas como bajar las cargas de basura y contaminantes, las soluciones para generar agua y energía en forma infinita, las vías para preservar el patrimonio genético que nos acompaña en la aventura del poblamiento del planeta. Nuestros bisnietos tendrán que desarrollar ciencia para ser 4 veces más eficientes que nosotros en todo, o los habremos condenado a emprender un camino de consumo mucho más austero que el que nosotros hemos seguido.
Breve Reseña Dr. Santibáñez
El Dr. Fernando Santibáñez es un destacado Ingeniero Agrónomo de la Universidad de Chile. Doctor en Ciencias en la Universidad de París y Profesor Titular de la Facultad de Ciencias Agronómicas de la Universidad de Chile.
Desde 1971 ha trabajado como investigador y profesor de la Universidad de Chile. En 1995 creó el Centro de Agricultura y Medio Ambiente para desarrollar las ciencias ambientales en la producción agrícola. Como consecuencia de esto, en 1997, el Dr. Santibáñez lideró la creación de la una nueva carrera: Ingeniería de los Recursos Naturales en la Universidad de Chile, y en el año 2000 lidera la creación de un doctorado en ciencias agrícolas y forestales en esta misma universidad.
Ha sido responsable de varios proyectos de investigación sobre la modelización de los cultivos, la zonificación bioclimática, el modelado de pastizales, la degradación del suelo y la desertificación y los efectos del cambio climático sobre la agricultura y ha sido investigador principal en varios proyectos financiados por la Comisión Europea, el PNUMA, IDP, el PNUD, IBM, la cooperación francesa, Comisión de Ciencia chileno. Junto con ello el Dr. Santibáñez ha sido director del Centro de Agricultura y Medio Ambiente de la Universidad de Chile, miembro del Grupo de Expertos y consultor internacional en el proyecto de la FAO, la OMM, CLD, el IICA.

Últimas Noticias

Cost Of Sildenafil...

Inköp Nolvadex 10 mg...

Triamcinolone...

Atenolol En Ligne...

Vente De Voltaren 50...